Monday, 5 November 2012

LA CRISIS DE 1200 a C (4)

La “Crisis de los Pueblos del Mar” tuvo lugar en el Mediterráneo oriental al final de la Edad de Bronce (ca. 1200 a C). He estudiado los acontecimientos históricos de esta crisis y por ello soy autor de los siguientes libros y artículos:
-“La Guerra de Troya: Más allá de la leyenda”. Madrid: Ed. Oberon, 2005. ISBN 84-96052-91-5
-“La Guerre de Troie: Au-delà de la légende” (traducción al francés). Cugnaux: Éditions Ithaque, 2008. ISBN 2-9524280-1-8
-“The Sea Peoples and the Historical Background of the Trojan War”. En Mediterranean Archaeology, 16 (2003), p. 107-124. ISSN 1030-8482 [Puede leerse en español en este blog; véase LA CRISIS DE 1200 a C (1)]
-“The Eastern Mediterranean Crisis and the Origins of the Phrygians”. [Puede leerse en español en este blog; véase LA CRISIS DE 1200 a C (2)]
-“Hijos de Kaftor y Anak: El origen de los filisteos”. [Puede leerse en este blog; véase LA CRISIS DE 1200 a C (3)]
-“Tarcón y Eneas: El origen de los etruscos”. [Puede leerse a continuación en este blog]


TARCÓN Y ENEAS: EL ORIGEN DE LOS ETRUSCOS

por Carlos J. Moreu

RESUMEN

El proceso histórico que dio origen a la civilización etrusca en Italia fue bastante complejo y se desarrolló durante un largo periodo de 400 años. En una primera fase, datada a finales de la Edad de Bronce, se establecieron en las islas de Sicilia, Cerdeña y Córcega algunos grupos de navegantes egeo-anatolios pertenecientes a los llamados Pueblos del Mar, quienes habían sido víctimas de las devastaciones producidas en el Mediterráneo oriental durante la gran crisis de 1200 a C. En una segunda fase que puede situarse en el siglo X a C, la tribu indoeuropea de los umbros desarrolló la cultura villanoviana en la región de Toscana, al mismo tiempo que un nuevo grupo de inmigrantes de origen egeo-anatolio introducía la metalurgia del hierro en las islas del mar Tirreno y establecía relaciones comerciales con los umbros. La tercera y más importante fase se inició a principios del siglo VIII a C y tuvo como consecuencia la ocupación de toda la Toscana, así como la zona de Capua en Campania, por los navegantes de origen egeo-anatolio, los cuales debieron de establecerse en estas regiones como una élite dominante e introdujeron así su avanzada cultura, que usualmente ha sido llamada “orientalizante”. Estos grupos que se trasladaron desde el Egeo hasta el Mediterráneo central en varias oleadas procedían de las regiones de Lidia, Misia y Tróade, así como de las islas de Lemnos y Lesbos, y la mayoría de ellos debían de ser pelasgos, pertenecientes por tanto a la más antigua población del mar Egeo. La lengua de los pelasgos, documentada en la isla de Lemnos, no era indoeuropea y fue la que originó la lengua etrusca. Otro grupo de pelasgos, procedentes del norte de Grecia, se había establecido en el noreste de Italia y debió de ser asimilado por los etruscos durante su gran expansión territorial.

INTRODUCCIÓN

A principios de la Edad de Hierro los etruscos se convirtieron en el pueblo más civilizado del norte de Italia, al desarrollar una avanzada cultura en la región de Toscana, entre los ríos Arno y Tíber. Durante mucho tiempo se ha debatido el origen de este misterioso pueblo, siendo dos las teorías más difundidas. La primera presenta a los etruscos como descendientes de unos inmigrantes procedentes de Anatolia occidental y de otros territorios del mar Egeo, y la segunda supone que los etruscos eran un pueblo autóctono de Italia.

Aunque fueron mucho más numerosos los autores clásicos que defendían la primera tesis, en Italia se desarrolló un deseo romántico de que sus antiguos habitantes hubiesen creado una civilización tan destacada como las del Mediterráneo oriental, equilibrando así el papel que otros pueblos de origen extranjero tuvieron en el nacimiento de la civilización romana (como los latinos, que sin duda eran una tribu indoeuropea llegada al centro de Italia en el siglo X a C, y los griegos que a través de sus colonias influyeron notablemente en la cultura latina). A este impulso nacionalista se sumó una corriente que se difundió a finales del siglo XX entre los arqueólogos, la cual tendía a rechazar por sistema la idea de grandes invasiones y migraciones para explicar la aparición de una nueva cultura material. De este modo, el más célebre especialista de la cultura etrusca, M. Pallottino, defendió durante muchos años el desarrollo independiente y gradual del pueblo etrusco en la propia región italiana de Toscana, durante los siglos X a VII a C, sin la llegada de un número significativo de inmigrantes extranjeros. Pallottino explicaba la fase orientalizante de la cultura de Toscana, que se inició en el siglo VIII a C, como el simple resultado de una influencia cultural que los etruscos habrían recibido de los navegantes fenicios y griegos, los cuales comerciaban habitualmente en las costas del mar Tirreno.

Así y todo, no dejó de haber defensores de la otra teoría que mantuvieron la creencia en un origen foráneo de los etruscos, aunque la mayoría de estos investigadores no eran italianos. Sus argumentos se basaban en la gran coincidencia de los autores clásicos al señalar el mundo egeo-anatolio como la patria originaria del pueblo etrusco. Incluso Dionisio de Halicarnaso, uno de los escasos historiadores que apuntaban un origen autóctono de los etruscos, relata en su obra titulada “Antigüedades romanas” (I, 45) la llegada de inmigrantes anatolios procedentes de Troya a la costa del Lacio, región vecina de Etruria, y reconoce (en I, 30) una cierta semejanza entre las costumbres de los etruscos y las de los pelasgos, un pueblo muy antiguo de Grecia y Anatolia occidental que según todos los indicios no hablaba una lengua indoeuropea, al igual que ocurría con los etruscos. Se da además la circunstancia de que los griegos llamaban tirrenos o tirsenos a los etruscos, y también les aplicaban esa denominación a ciertos grupos de pelasgos establecidos en el Egeo, cerca de Asia Menor.

A estas consideraciones se sumaron importantes datos arqueológicos y lingüísticos. Durante la fase orientalizante de la cultura etrusca se construyeron, en las ciudades de Toscana, tumbas monumentales que se asemejan notablemente a otras encontradas en Anatolia occidental, y la fina cerámica etrusca de estilo bucchero tiene sus paralelos en la isla egea de Lesbos, situada en la misma zona. Existen otras notables similitudes en las costumbres y en algunas prendas de vestir, como la típica bota etrusca con la punta curvada hacia arriba que ya había sido utilizada anteriormente en Asia Menor por los hititas; y la gran capacidad de los etruscos para la navegación y la construcción naval los pone igualmente en relación con los pueblos del Egeo.

En cuanto a la lengua, una estela datada en el siglo VI a C que fue hallada en Lemnos (otra isla muy próxima a Anatolia occidental que estuvo poblada por los pelasgos o tirrenos) muestra una inscripción en una lengua que no es indoeuropea y se parece mucho al etrusco. Además de esto, se han encontrado numerosas relaciones entre los términos y nombres etruscos conocidos y los de otras lenguas egeo-anatólicas como el luvita, el lidio y el griego, las cuales debieron de haber incorporado en sus vocabularios un buen número de palabras procedentes de ese antiguo sustrato pelasgo, a pesar de pertenecer a la familia indoeuropea. También resulta muy probable, por otra parte, que si los etruscos descendían de un pueblo pelasgo de Asia Menor, hubiesen recibido préstamos lingüísticos de esas otras lenguas indoeuropeas habladas en el Egeo.

Todos estos reveladores datos fueron respondidos, sin embargo, por los tenaces defensores de la autoctonía etrusca con argumentos bastante forzados, llegando incluso a suponer una presencia de colonos o visitantes etruscos en la isla de Lemnos, a quienes les adjudicaban la autoría de la citada inscripción.

Ahora bien, en los últimos años se han aportado nuevas pruebas procedentes de los modernos estudios genéticos del ADN, las cuales demuestran de una forma concluyente el parentesco étnico entre los etruscos y otros pueblos egeo-anatolios. Varios artículos publicados en las principales revistas de Genética Humana, relativos al ADN mitocondrial y al cromosoma-Y, ponen de manifiesto que los actuales habitantes de Toscana y de la cercana isla de Elba presentan con bastante frecuencia algunos haplogrupos y haplotipos que son característicos de los pobladores del Próximo Oriente, especialmente de los de Turquía y otros territorios circundantes, los cuales no suelen presentarse, en cambio, en el resto de los italianos. Por ello la conclusión de estos estudios genéticos es que realmente tuvo que haberse producido la llegada a Toscana de inmigrantes procedentes del Próximo Oriente en una fecha posterior a 1500 a C.

Así pues, disponemos de bastantes testimonios (aportados por la mayoría de los autores clásicos que trataron esta cuestión), de numerosas huellas (en el registro arqueológico y lingüístico) y de pruebas de ADN que, como ocurriría en cualquier juicio convencional, nos demuestran más allá de toda duda que la región de Toscana fue poblada en la Edad de Hierro por inmigrantes de origen egeo-anatolio, los cuales contribuyeron de forma decisiva al desarrollo de la civilización etrusca en dicha zona. De este modo la teoría de la autoctonía, de un marcado carácter nacionalista, ha quedado finalmente desmontada. Esto no quiere decir, como es lógico, que los extranjeros establecidos en Toscana no se hubiesen mezclado con las poblaciones más antiguas, incluyendo un buen número de habitantes autóctonos, pero está claro que la cultura más avanzada, desarrollada en la fase “orientalizante”, la llevaron a Italia esos inmigrantes egeo-anatolios y no puede ser un producto nacional de sus primitivos pobladores.

Se presenta a continuación una posible reconstrucción del proceso por el que surgió la civilización etrusca en Italia, basada en las fuentes históricas y en los datos arqueológicos disponibles.

LOS PUEBLOS DEL MAR

Podemos estar seguros de que los etruscos ya estaban asentados en Toscana entre los siglos VIII y VII a C, cuando se inició en esta región la cultura que se ha denominado orientalizante, pero la emigración de algunos grupos de origen egeo-anatolio a las costas del Mediterráneo central parece haber comenzado mucho antes, a finales de la Edad de Bronce, por lo que debió de haber sido un proceso bastante largo y complejo.

Por el hallazgo de algunos restos de cerámica micénica en el sur de Etruria, entre el río Tíber y el mar Tirreno, se sabe que los griegos micénicos ya visitaban esta región rica en metales entre los siglos XIII y XII a C. Sus habitantes debían de pertenecer entonces a la población autóctona que había desarrollado la llamada cultura apenínica, la cual recibió bastantes influencias culturales de aquellos navegantes que venían desde Grecia para comerciar. Tiene especial interés el yacimiento arqueológico de Luni sul Mignone, situado en la región minera de Tolfa-Allumiere, a tan sólo 24 km de lo que más tarde sería la ciudad etrusca de Tarquinia. Hay que decir, por otra parte, que los griegos de la Edad de Bronce también habían establecido contactos comerciales en otras regiones de Italia, así como en las islas de Sicilia y Cerdeña. Es muy probable, incluso, que los micénicos hubiesen creado algunos asentamientos o factorías permanentes en el sur de Italia, en la zona del golfo de Tarento.

Los datos arqueológicos nos indican que, desde el siglo XII a C, estas regiones del Mediterráneo central empezaron a ser visitadas por otros grupos de navegantes procedentes del mar Egeo cuyo origen ya no estaba en Grecia sino que provenían más bien de Anatolia, es decir, de lo que hoy es Turquía.

Antes de analizar tales hallazgos, hay que hacer referencia a las fuentes egipcias de los siglos XIII y XII a C que mencionaban a los llamados Pueblos del Mar. Éstos eran un conjunto de pueblos navegantes y guerreros que, para los egipcios, vivían en unas tierras e islas lejanas situadas al norte, de lo cual se deduce que eran los habitantes de las tierras costeras de Grecia y Anatolia, países que se encuentran justamente al norte de Egipto, al otro lado del mar Mediterráneo. Las inscripciones egipcias nombran en total a nueve pueblos de navegantes norteños, entre los cuales se encuentran los denominados ekwesh, que han sido identificados con los aqueos o micénicos de Grecia, y otros grupos que sin duda tenían su hogar en las costas de Anatolia. Entre ellos merecen especial atención los teresh, sherden y shekelesh, por la gran semejanza de sus nombres con los del mar Tirreno, la isla de Cerdeña y la isla de Sicilia. No obstante, estos tres Pueblos del Mar debían de tener su origen en las regiones de Misia y Lidia, localizadas en Anatolia occidental, y quizás también procediesen de las islas egeas más próximas a estas costas.

A los teresh se les puede relacionar con el topónimo Taruisha, que una tablilla hitita de la Edad de Bronce situaba en el noroeste de Anatolia, y también con el nombre de tirrenos o tirsenos (tyrrhenoi, tyrsenoi) que, como ya sabemos, los griegos aplicaban a los etruscos de Italia y también a otro pueblo localizado en diversas regiones situadas al este del mar Egeo. Se documenta igualmente en las fuentes clásicas una antigua ciudad de Lidia que se llamaba Tyrrha. Podemos deducir, por tanto, que el pueblo de los teresh, identificable con los tirrenos o tirsenos del Egeo, intervino en algún momento de su historia en la colonización de la costa itálica del mar Tirreno, al que podrían haber dado su nombre, y en la formación del pueblo etrusco. Este nombre ha de estar relacionado, además, con el término anatólico tarawana, equivalente al griego tyrannos, que significa “señor” o “soberano”, y también con el griego tyrsis que se traduce como “fortaleza” o “torre”. La raíz del nombre de los teresh expresa, por tanto, las ideas de fuerza y poder.

Con respecto a los sherden, también encontramos en el oeste de Anatolia antiguos topónimos que se asemejan al nombre de este pueblo, como Sardes y Sardena en Lidia, o Sardessos en Misia. Una inscripción realizada por los comerciantes fenicios que visitaban Cerdeña durante el siglo IX a C, en la llamada Estela de Nora, ya recoge el término sherden, por lo que este pueblo de origen egeo-anatolio tendría que haberle dado su nombre a la isla antes de aquella fecha.

Los shekelesh tienen igualmente un nombre cuyo origen se puede rastrear en Anatolia occidental, ya que las fuentes hititas de la Edad de Bronce sitúan en esa zona el río Shekha (identificable con el Hermos o con el Caicos de las fuentes griegas) y el río Shekhariya (el Sangario). Otras fuentes más recientes sitúan el topónimo Sagalassos en la región anatólica de Pisidia, y el topónimo griego Sikelia en diversos lugares del Peloponeso, Ática y Eubea. Se puede suponer que los shekelesh de Anatolia dieron su nombre a Sicilia, y que los griegos que fundaron colonias en esta isla entre los siglos VII y VI a C le habían aplicado este mismo nombre y por ello denominaron sículos y sicanos a los pueblos que allí vivían, aunque éstos fuesen muy diferentes de los shekelesh anatólicos y sus nombres originarios hubieran sido otros. De hecho, las fuentes griegas indican que los sicanos habían sido la población más antigua de la isla y se asemejaban bastante a los habitantes de Iberia, mientras que los llamados sículos (hablantes de una lengua itálica de origen indoeuropeo) se habían trasladado de Italia a Sicilia a finales de la Edad de Bronce.

Volviendo a los Pueblos del Mar, éstos habían sufrido una grave crisis alrededor de 1200 a C, cuando una oleada de destrucciones se abatió sobre las principales ciudades de Anatolia y Siria, un acontecimiento histórico que dio origen al famoso mito de la Guerra de Troya. Fue en esa misma época cuando los frigios, un pueblo de origen balcánico, invadió la península anatólica, que hasta entonces había estado bajo el dominio de los hititas, al mismo tiempo que los griegos micénicos tomaban diversos enclaves costeros de esta península y de la isla de Chipre. Tal como se registra en las fuentes egipcias relativas a esta crisis (las inscripciones y relieves del templo de Medinet Habu), se produjo entonces la emigración de varios grupos pertenecientes a los Pueblos del Mar anatólicos hacia las tierras de Canaán, situadas en la frontera septentrional de Egipto, de modo que la costa cananea adoptaría desde entonces el nombre de Palestina, relacionado con el pueblo anatólico de los peleset o filisteos que allí se estableció. Esto permite suponer que, en el siglo XII a C, otros grupos pertenecientes a los Pueblos del Mar que habían sido víctimas de aquella crisis abandonaron igualmente sus hogares en Anatolia para trasladarse a las costas del Mediterráneo central, en lugar de emigrar a Canaán con los filisteos. El cobre y el estaño que se podía obtener en Cerdeña y Toscana, metales necesarios para fabricar el bronce, resultaba sin duda un buen motivo para la migración de aquellos pueblos navegantes que ya estaban acostumbrados a practicar el comercio en tierras lejanas.

Hay varios datos arqueológicos que parecen confirmar esta hipótesis. En Pantalica, un enclave de la costa oriental de Sicilia que floreció después de 1200 a C, se ha encontrado un tipo de cerámica roja y brillante, hecha a torno, que se usaba en Chipre, Anatolia y otras zonas del Egeo a finales de la Edad de Bronce. En el cementerio de Monte Dessueri, al sur de Sicilia, se practicó la cremación durante el siglo XI a C y se conservaron las cenizas de los difuntos en unas grandes vasijas llamadas pithoi, un rito funerario que se documenta también en el cementerio troyano de Besiktepe entre los siglos XIV y XIII a C y en algunas necrópolis filisteas de los siglos XII y XI a C. Si bien la isla de Sicilia había estado hasta entonces en la órbita de la civilización micénica, el control de este territorio parece haber pasado entonces a otros pueblos de navegantes cuyo origen ya no estaba en Grecia sino en el oeste de Anatolia.

También en Cerdeña encontramos un tipo de cerámica con antecedentes en Anatolia occidental y en la Tróade, la cual se utilizó en la isla durante el periodo que va desde finales de la Edad de Bronce hasta principios de la Edad de Hierro. Esta cerámica se decoraba con círculos concéntricos y líneas y tenía una pátina brillante de color rojizo, por lo que se ha relacionado con el tipo de vasijas troyanas que el arqueólogo alemán H. Schmidt denominaba schnabelkannen, las cuales también fueron halladas en otras zonas de Anatolia. Otros ejemplos de esta cerámica se encontraron en algunos yacimientos de Toscana, datados entre los siglos XII y VIII a C, y que probablemente son debidos a los intercambios comerciales realizados en dicha zona por quienes habían fabricado esta cerámica de estilo anatólico en Cerdeña. Los navegantes establecidos en la isla debían de visitar la costa de Toscana para obtener de sus pobladores los metales extraídos en los montes Tolfa y en las Colinas Metalíferas.

Hay que destacar igualmente las figuras de bronce de los siglos IX a VII a C halladas en la isla de Cerdeña, que representan guerreros con cascos bastante similares a los que utilizaban los Pueblos del Mar anatólicos a principios del siglo XII a C, tal como aparecen en los relieves egipcios de Medinet Habu. Alguna de esas figurillas muestra el mismo tipo de casco usado por los peleset o filisteos, mientras que en otras figuras encontramos cascos con cuernos parecidos a los que llevaban los sherden, el pueblo cuyo nombre se identifica justamente con el de Cerdeña. Las estatuas-menhires encontradas en la vecina isla de Córcega, que deben de ser un poco más antiguas, representan igualmente a unos guerreros que utilizaban cascos con cuernos y largas espadas como los sherden.

Así pues, es muy probable que algunos grupos de origen egeo-anatólico, pertenecientes a los Pueblos del Mar que habían sufrido la crisis de 1200 a C en el Mediterráneo oriental, se trasladasen a las islas de Sicilia, Cerdeña y Córcega. En la región donde posteriormente surgiría la civilización etrusca, sin embargo, los indicios de un asentamiento de los Pueblos del Mar en fechas tan tempranas son más débiles, y los hallazgos de cerámica de estilo anatólico en la costa de Toscana podrían ser debidos a los intercambios comerciales realizados entre los navegantes que se establecieron en las islas y la población local. Así y todo, la llegada de esos grupos de inmigrantes anatolios a las islas del Mediterráneo central habría constituido, sin duda, un importante paso previo para la formación del pueblo etrusco en Italia. En relación con esto, hay algunas fuentes griegas que establecen una conexión entre los habitantes de Cerdeña y los tirrenos de Anatolia o protoetruscos. En un scholium o comentario a uno de los Diálogos de Platón se dice que el príncipe lidio Tirreno (legendario antepasado de los tirrenos de Italia o etruscos) estaba casado con Sardo y que le dio el nombre de su mujer a la ciudad de Sardes en Lidia y también a la isla de Sardo o Cerdeña. Asimismo el geógrafo Estrabón indica en su obra (V, 2, 7) que la isla de Cerdeña estuvo poblada por tirrenos en una época que resultaría ser anterior a la Edad de Hierro.

Por otra parte, las leyendas de la tradición clásica sitúan varias migraciones desde el Egeo hasta Italia en la Edad de Bronce. El héroe troyano Eneas, por ejemplo, habría abandonado su patria en el noroeste de Anatolia, tras la destrucción de Troya por los aqueos de Grecia, y se habría trasladado a Italia. Según otra tradición recogida por Helánico de Lesbos, autor griego del siglo V a C, un grupo de pelasgos se desplazó desde el norte de Grecia hasta un enclave del Adriático antes de que tuviese lugar la mítica Guerra de Troya. Y el famoso historiador Herodoto afirmaba, por su parte, que los tirrenos establecidos en Italia también habían emigrado desde la costa de Lidia, situada en Anatolia occidental. Estos relatos que proceden de la tradición oral, y que más adelante se estudiarán con cierto detalle, no resultan ser totalmente acertados, pero los hallazgos arqueológicos relacionados con los antiguos movimientos de los Pueblos del Mar demuestran que estas narraciones míticas contienen, al menos, un núcleo de verdad histórica.

LA CULTURA VILLANOVIANA

Entre los siglos XII y X a C se produjeron otros importantes movimientos de pueblos que afectaron directamente a Italia y que dieron origen a las culturas protovillanoviana y villanoviana. El nombre que los arqueólogos dieron a estas culturas procede del yacimiento de Villanova di Castenaso, situado en Bolonia. Aunque en el norte de Italia ya se había desarrollado desde el siglo XVI a C una cultura que podría haber sido iniciada por un pueblo indoeuropeo (conocida como cultura de Terramaras), fue a finales de la Edad de Bronce cuando las tribus indoeuropeas se extendieron por toda la península itálica e incluso llegaron hasta la isla de Sicilia.

En un primer momento, que se puede datar en el siglo XIII a C, algunos pueblos procedentes de la región de Iliria, situada en el noroeste de los Balcanes, cruzaron el Adriático a través del canal de Otranto y se establecieron en el sur de Italia. Estas tribus introdujeron en la zona nuevas armas de bronce, como la espada de empuñadura con rebordes que se ha encontrado en Calabria y en las pequeñas islas Lípari, así como un tipo de cerámica hecha a mano que se conoce como Handmade Burnished Ware (HBW) y cuya difusión llegó hasta Sicilia. La espada de empuñadura con rebordes, que deriva de otros tipos de espadas originados en el valle del Danubio durante el siglo XIV a C, también se ha encontrado en la región del noreste de Italia donde desemboca el río Po, de modo que pudo haber sido introducida en dicha zona durante el siglo XIII a C por otra tribu indoeuropea procedente de la vecina tierra de Iliria.

Después del asentamiento de estas tribus ilirias llegadas desde el este, el flujo migratorio pasó a provenir del norte y dio origen en un primer momento a la cultura protovillanoviana, la cual se solapó con la cultura subapenínica, propia de la población autóctona de Italia, entre los años 1150 y 950 a C. En una fase posterior que podemos datar entre 950 y 750 a C, se desarrollaron en diversas zonas de Italia las culturas villanoviana, picena y lacial, las cuales sin duda derivaban de la anterior cultura protovillanoviana y se caracterizaban por la práctica del rito funerario de la cremación y por la utilización de ciertos tipos de urnas para conservar las cenizas de los difuntos. La cultura que se conoce como villanoviana se extendió principalmente por la región de Toscana, pero los hallazgos de las típicas urnas funerarias pertenecientes a esta cultura son también muy abundantes en el valle del Po y en algunas zonas de la costa adriática, así como en una región del suroeste de Italia que se sitúa entre Campania y Calabria. Los portadores de dicha cultura llegaron igualmente hasta las islas Lípari y el noreste de Sicilia, pero las islas de Córcega y Cerdeña, en cambio, no se vieron afectadas por la expansión de estas nuevas culturas.

Los defensores de un origen del pueblo etrusco en la propia Italia solían considerar a los hombres que desarrollaron en Toscana la cultura villanoviana como los antecesores directos de los etruscos, rechazando así su origen en Anatolia occidental. En realidad esta hipótesis no se sostiene, ya que el análisis de las culturas protovillanoviana y villanoviana nos conduce a la conclusión de que sus portadores eran pueblos de origen indoeuropeo, mientras que la lengua hablada por los posteriores etruscos no pertenecía propiamente a la familia indoeuropea. Como ya argumentaba H. Hencken en 1968, las urnas bicónicas de la cultura villanoviana tienen sus antecedentes en Hungría, y otro tipo característico de urnas funerarias que tenían forma de choza y fueron utilizadas en Toscana y en el Lacio encuentra sus paralelos en el norte de Alemania. De hecho, estas culturas de Italia están claramente relacionadas con la cultura de los Campos de Urnas que se extendió durante esa misma época por una gran parte de Europa.

Los hombres que se desplazaron desde el norte e introdujeron estas nuevas culturas en Italia durante los siglos XII a X a C acabaron formando, entre otras, las tribus indoeuropeas de los umbros, los picenos, los latinos y los ítalos. Los llamados sículos también eran una tribu indoeuropea a la que algunas fuentes clásicas emparentan étnicamente con los ítalos, los cuales se establecieron en el suroeste de Italia; pero como ya se explicó anteriormente, estos inmigrantes no debían de llamarse sículos a sí mismos sino que recibieron este nombre de los colonizadores griegos que posteriormente los encontraron en la parte oriental de Sicilia. El historiador Tucídides situaba la llegada de los sículos a la isla 300 años antes de la colonización griega, lo cual nos sirve para datar el acontecimiento en torno al año 1000 a C, a finales de la fase protovillanoviana.

Si nos centramos ahora en la región de Toscana, la tribu indoeuropea que desarrolló allí las culturas protovillanoviana y villanoviana tuvo que haber sido la de los umbros, la cual también ocupó otras regiones situadas más al este. Por ello encontramos en Toscana un río llamado Ombrone que antiguamente era el río Umbro. Ya hemos visto la relación que existe entre las urnas funerarias en forma de choza utilizadas en Toscana y en el norte de Alemania, y se da la circunstancia de que otra tribu indoeuropea de las costas del mar del Norte fue conocida como la tribu de los ambrones, un nombre muy similar al de los umbros que se establecieron en Italia. La coincidencia temporal de las culturas subapenínica y protovillanoviana en Toscana permite suponer que los umbros no eran muy numerosos al principio y que se entremezclaron con los antiguos habitantes de la región, los cuales no debían de ser indoeuropeos. A partir del siglo X a C, los umbros se convirtieron en la población predominante en Toscana y empezaron a desarrollar la cultura protourbana conocida como villanoviana.

Otro hecho que ha sido constatado por los hallazgos arqueológicos es la existencia de importantes relaciones comerciales entre la región de Toscana y las islas de Córcega y Cerdeña donde se habían asentado, como ya sabemos, algunos grupos pertenecientes a los Pueblos del Mar de origen egeo-anatolio que sí podemos identificar como la auténtica población protoetrusca. Estos contactos ya se iniciaron en el periodo protovillanoviano (siglos XII a X a C) pero se hicieron más intensos en la fase villanoviana (entre los siglos X y VIII a C), cuando Toscana ya tenía que estar bajo el total dominio de los umbros. La cantidad de objetos importados desde la isla de Cerdeña que aparecen en los ajuares de algunas necrópolis villanovianas de Toscana permiten creer que en aquella época llegaron a producirse matrimonios entre las élites gobernantes de los umbros y las de Cerdeña, con el fin de afianzar esas beneficiosas relaciones comerciales.

No se puede concluir este epígrafe sin hacer una referencia al pueblo latino, el cual se asentó en la región de Italia situada al sur de Toscana, al otro lado del río Tíber. Los latinos desarrollaron en esta región la cultura lacial que se inició en el siglo X a C y que presentaba bastantes similitudes con la cultura villanoviana de Toscana y con la cultura picena. La mitología romana presenta a los latinos como descendientes de un héroe epónimo llamado Latino que era nieto de otro personaje llamado Pico, quien sin duda simboliza a la tribu de los picenos. De acuerdo con los datos arqueológicos, la tribu indoeuropea de los latinos se concentró inicialmente en la región de los montes Albanos, donde la tradición clásica situaba la legendaria Alba Longa, ya que la ciudad de Roma no empezó a existir como tal hasta mediados del siglo VIII a C. El nombre que los latinos dieron a esos montes, que significa “blancos”, se asemeja al de los Alpes o Albiones, y por ello es posible que los latinos tuvieran su origen en aquella otra región de Europa. En cualquier caso, es indudable que los latinos también formaron parte de la oleada de inmigrantes indoeuropeos que penetraron en Italia a finales de la Edad de Bronce.

EL ORIGEN DE LA CIVILIZACIÓN ETRUSCA

Los arqueólogos datan entre 770 y 750 a C el inicio de una cultura orientalizante en Toscana que sustituyó a la cultura villanoviana. Ningún investigador duda que el pueblo que desarrolló esa cultura orientalizante era el de los etruscos. En esa época empezaron a construirse en Toscana grandes tumbas que tienen sus prototipos en Anatolia occidental, en las cuales se practicaba la inhumación de los cadáveres y en algunos casos también la cremación, pero de un modo diferente al de la cultura villanoviana. En torno al año 770 a C un asentamiento villanoviano se convirtió en la ciudad etrusca de Tarquinia, que dominó la región minera de los montes Tolfa, y en los años siguientes la cultura orientalizante de los etruscos se extendió por toda la región comprendida entre los ríos Arno y Tíber, incluyendo las zonas más alejadas de la costa.

Todo indica que los inmigrantes de origen egeo-anatolio fueron más numerosos en esa época y acabaron invadiendo los territorios poblados por los umbros, donde se había desarrollado la cultura villanoviana. Herodoto contaba que los tirrenos procedentes de Lidia se establecieron en las tierras de los umbros, refiriéndose indudablemente a la región de Toscana, aunque él databa erróneamente este acontecimiento en la Edad de Bronce, cuando los umbros todavía no ocupaban esa zona. También Dionisio de Halicarnaso creía que los umbros poblaron inicialmente un vasto territorio que incluía la región de Tirrenia, cuyo dominio les fue arrebatado por los pelasgos y los tirrenos, y el romano Plinio indicaba, por su parte, que los etruscos habían conquistado 300 ciudades de los umbros. Lo más probable es que los inmigrantes de origen egeo-anatólico, o protoetruscos, se estableciesen en Toscana como una élite gobernante y asimilaran a sus anteriores pobladores, lo cual explica que la civilización etrusca mantuviese algunos elementos culturales que perpetuaban la tradición villanoviana. A los recién llegados debieron de haberse unido otros navegantes que descendían de aquéllos que se habían asentado previamente en las islas de Córcega y Cerdeña, y por ello las relaciones establecidas entre estas islas y la región de Toscana adquirieron mayor relevancia durante la Edad de Hierro, llegando a producirse la anexión de Córcega a los territorios de los etruscos.

Ahora bien, los datos arqueológicos indican que la ciudad itálica de Capua fue poblada por los etruscos desde el año 750 a C, al igual que las tierras circundantes. Este antiguo asentamiento pertenecía a la región de Campania, que se sitúa más al sur de Toscana y por ello se encontraba fuera de Etruria. Así y todo, la zona de Capua no fue el único territorio de la Italia continental que los etruscos anexionaron a sus dominios en Toscana, ya que posteriormente también se expandieron hacia el norte de Italia por las tierras situadas entre Toscana y el valle del Po, y llegaron así hasta la costa del Adriático. Además de esto, la región del Lacio que se extendía entre Toscana y Campania y cuya capital era la ciudad de Roma estuvo gobernada en el siglo VI a C por una dinastía de reyes, los Tarquinos, que eran de origen etrusco. Fue justamente en esa época cuando los etruscos llegaron a la cima de su poder y riqueza, aunque a finales de ese mismo siglo se iniciaría ya su lento declive.

Respecto a las tierras de origen de los inmigrantes protoetruscos, descendientes de los Pueblos del Mar, los autores griegos señalaron varias regiones del Egeo, la mayoría de las cuales se localizan en Anatolia occidental. Como ya sabemos, el historiador Herodoto situaba en la costa de Lidia la patria originaria de los tirrenos o etruscos, mencionando el puerto de Esmirna como lugar de embarque para su emigración. Otro autor ateniense llamado Anticlides, citado por Estrabón en su Geografía (V, 2, 4), afirmaba que los pelasgos de la isla de Lemnos acompañaron a los tirrenos en su expedición a Italia, lo cual tiene un gran interés porque fue justamente en esa isla del noroeste de Anatolia donde se encontró una inscripción escrita en una lengua muy parecida a la etrusca. El poeta Licofrón, del siglo III a C, narró en su poema titulado Alexandra que los tirrenos de Italia o etruscos estuvieron originalmente gobernados por dos héroes llamados Tarcón y Tirreno, los cuales eran hijos del rey Télefo de Misia, región de Anatolia situada entre Lidia y la Tróade. Tirreno es el mismo personaje al que Herodoto consideraba un héroe lidio, por ser hijo de Atis y hermano de Lido, el rey que habría dado su nombre al pueblo lidio. En cuanto a Tarcón o Tarconte, éste fue el legendario fundador de la ciudad etrusca de Tarquinia, y su nombre está sin duda relacionado con el del dios anatólico Tarkhuna o Tarkhunta. Hay, por último, varios autores griegos y latinos que narraron el asentamiento de los troyanos, originarios del noroeste de Anatolia, en la costa del Lacio y en otras regiones e islas del Mediterráneo central, incluyendo la costa de Toscana que fue ocupada por los etruscos y la ciudad etrusca de Capua que antes ha sido mencionada. El más antiguo de estos autores fue Helánico de Lesbos, quien escribió en el siglo V a C una obra titulada Troika, en uno de cuyos relatos se narra la emigración del héroe troyano Eneas a Italia en compañía del griego Ulises. No obstante, Helánico también contaba que los etruscos descendían de un grupo de pelasgos que procedían del norte de Grecia, y no de Anatolia occidental. Sobre estas cuestiones relativas a los troyanos y a los pelasgos originarios de Grecia, y su posible relación con el origen del pueblo etrusco, se volverá a tratar más adelante.

La conclusión general que se puede extraer de las tradiciones recogidas por los autores clásicos es que el origen de los navegantes protoetruscos no se puede situar en una única región del Egeo, sino que las migraciones hacia las islas y costas del Mediterráneo central debieron de producirse escalonadamente durante varios siglos y desde diversas zonas. Las principales aportaciones tuvieron que provenir, sin duda, de las regiones anatólicas de Lidia, Misia y Tróade, así como de las islas próximas entre las cuales se encuentran Lemnos y Lesbos. De acuerdo con las fuentes clásicas, algunas de esas zonas estuvieron habitadas hasta la Edad de Hierro por los pelasgos, uno de los pueblos más antiguos del Egeo que hablaba por ello una lengua “bárbara”, es decir, una lengua muy diferente al griego que seguramente no era indoeuropea. Esa antigua lengua del Egeo tuvo que haber dado origen a la lengua de los etruscos, aunque ésta también pudo haber incorporado algunos términos indoeuropeos procedentes de otras lenguas de Anatolia occidental y de la lengua itálica de los umbros. Según las fuentes griegas que estamos siguiendo, los pelasgos ocupaban las islas de Lemnos, Lesbos y Samotracia, así como algunas zonas situadas al este y al sur de la Tróade. El historiador Tucídides situaba a otros pelasgos en la región de Calcídice, que se encuentra al norte del mar Egeo, y los emparentaba con los pelasgos de Lemnos a quienes también llamaba tirsenos, aplicándoles así el mismo nombre que recibían los tirsenos o tirrenos de Lidia y Misia (de acuerdo con los testimonios de Herodoto y Licofrón). Así pues, es probable que esta denominación, derivada del antiguo nombre de los teresh, se aplicase por igual a los pelasgos asentados en esas regiones y a otros grupos hablantes de lenguas indoeuropeas (como el luvita o el lidio) que convivieron con ellos. No obstante, entre los emigrantes que dieron origen al pueblo etrusco debieron de prevalecer los tirrenos que hablaban la antigua lengua de los pelasgos, la misma que se documenta en la llamada Estela de Kaminia que fue hallada en la isla de Lemnos.

Respecto a los motivos de estas migraciones, ya sabemos que la crisis de 1200 a C había provocado una primera oleada de refugiados, pertenecientes a los Pueblos del Mar, hacia las islas del Mediterráneo central. Poco después, entre los siglos XI y X a C, los griegos obtuvieron el dominio de las regiones costeras de Anatolia occidental que se extendían desde Misia hasta Caria, así como las islas próximas a estas costas. La ciudad de Éfeso, por ejemplo, que había sido la capital de Lidia en la Edad de Bronce, pasó a ser una colonia de los griegos jonios. Entre los lidios del litoral, que poseían una avanzada cultura, podría haberse extendido entonces el deseo de emigrar a otras regiones del Mediterráneo central donde ellos sabían que abundaban los metales y otras materias primas, para poder iniciar una nueva civilización lejos de la dominación griega. Así y todo, también pudieron haberse producido periodos de escasez de alimentos y hambrunas como el que describe Herodoto. La tercera oleada, quizás la más numerosa, se debió de producir entre finales del siglo VIII a C y principios del VII a C, cuando el noroeste de Anatolia fue invadido por los cimerios, un pueblo llegado desde el norte del mar Negro, a los que acompañaron otras tribus tracias. De este modo, el puerto de Antandros que estaba situado en el golfo Atramiteo, al sur de la Tróade, fue conquistado por los edonios de Tracia y por ello pasó a llamarse Edonis. Algunas fuentes indican que la ciudad de Antandros estaba originalmente habitada por los pelasgos, al igual que otras zonas del golfo Atramiteo (el actual Edremit) que separaba Misia de la Tróade. Esta tercera oleada, unida a las anteriores, pudo haber permitido a los protoetruscos la conquista de toda la región de Toscana que anteriormente controlaban los umbros, incluyendo las zonas más alejadas del litoral.

Así pues, los navegantes egeo-anatolios iniciaron su colonización del mar Tirreno en el siglo XII a C y la culminaron en los siglos VIII y VII a C, dando así origen a la civilización etrusca de Italia. Sin embargo, tuvo que haber una importante etapa intermedia a mediados del siglo X a C, ya que los propios etruscos databan el principio de su historia en el año 969 a C, fecha en que se inició el llamado I siglo etrusco. Fue justamente en esa época cuando empezaron a intensificarse las relaciones comerciales entre la isla de Cerdeña y la región de Toscana habitada por los umbros, por lo que no se puede descartar que los navegantes de origen egeo-anatolio hubieran establecido entonces una primera colonia o factoría comercial en la costa de Toscana, aunque los arqueólogos todavía no la hayan podido identificar. También es posible que los protoetruscos fundaran ese primer asentamiento, datado en 969 a C, en una de las pequeñas islas que se encuentran cerca de Toscana, para evitar un conflicto con los umbros que entonces debían de ser mucho más numerosos pero no estaban tan acostumbrados a navegar. La mejor candidata sería la isla de Elba, donde había unas ricas minas de hierro y de otros metales. En el yacimiento de San Martino, situado en dicha isla, se encontró un objeto de bronce recubierto con hierro que está datado en el siglo X a C, lo cual permite suponer que el hierro ya empezó a obtenerse en las minas de Elba durante esa época, y bien pudieron haber sido los protoetruscos los que iniciaron su extracción. También se documenta un uso temprano del hierro en Cerdeña, y la técnica para trabajar el hierro había empezado a desarrollarse en el este de Anatolia, desde donde se había difundido hasta el mar Egeo y otras regiones del Mediterráneo oriental. Ciertamente la fecha de 969 a C en la que los etruscos situaban el inicio de su historia encaja muy bien con la difusión de la metalurgia del hierro en el mar Tirreno.

En resumen, el largo proceso que dio origen a la civilización etrusca tuvo tres fases. La primera de ellas se inició en el siglo XII a C, con el asentamiento de algunos grupos pertenecientes a los Pueblos del Mar en las principales islas del Mediterráneo central. La segunda fase comenzó a mediados del siglo X a C, cuando se debió de producir un primer asentamiento de los navegantes de origen egeo-anatolio en la costa de Toscana, más probablemente en la cercana isla de Elba, lo cual permitió que se intensificasen las relaciones comerciales de esos navegantes con la tribu de los umbros, que también empezó entonces a desarrollar la cultura villanoviana. La tercera y última fase se produjo a partir del año 770 a C, cuando los inmigrantes protoetruscos ocuparon las ciudades de Tarquinia y Capua, y culminó con la conquista de toda la región de Toscana por estos pueblos egeo-anatólicos.

Como es natural, los recién llegados tuvieron que mezclarse en mayor o menor grado con los anteriores habitantes de Toscana, de modo que las aportaciones del sustrato poblacional autóctono (los hombres de la antigua cultura apenínica) y el sustrato de origen norteño o indoeuropeo (los hombres de la cultura villanoviana) serán el motivo por el que la civilización etrusca acabe siendo algo diferente a las culturas egeo-anatólicas que la generaron, convirtiéndose con el tiempo en una civilización propia de Italia. De este modo, puede decirse que todas las teorías que ha habido sobre el origen de los etruscos (autóctono, oriental y norteño) tienen su parte de razón.

LOS TROYANOS EN ITALIA

La investigación arqueológica ha demostrado que la ciudad de Troya, situada en el extremo noroccidental de la actual Turquía, fue destruida por un gran incendio alrededor de 1200 a C, y las fuentes egipcias relativas a los Pueblos del Mar cuentan como un gran número de refugiados que procedían de las costas de Anatolia y el Egeo llegaron a la región asiática de Palestina pocos años después de esa fecha. Uno de aquellos Pueblos del Mar lo formaban los llamados peleset o filisteos, de quienes deriva el propio nombre de Palestina, y otro era el pueblo de los tjeker o teucros, una de las denominaciones que aplicaban los autores clásicos a los troyanos.

La mitología grecorromana registra otra posible migración de refugiados troyanos, víctimas de la gran crisis de 1200 a C, hacia el Mediterráneo central, la cual habría sido conducida por el legendario Eneas. No obstante, en el relato más antiguo de la destrucción de Troya por los griegos, titulado Ilioupersis, se cuenta únicamente que Eneas se refugió en las montañas del Ida, situadas en la propia región de Tróade, y en la Ilíada sólo se indica que Eneas estaba predestinado a sobrevivir y a perpetuar la estirpe troyana, sin aclarar dónde se estableció finalmente. Por ello hubo algunos autores griegos que afirmaban que el hijo de Eneas, llamado Ascanio, no abandonó su patria en compañía de Eneas sino que permaneció en la Tróade. En realidad, los primeros documentos conocidos que se refieren al exilio de Eneas y de sus seguidores datan de los siglos VI y V a C.

Dionisio de Halicarnaso comenta en sus escritos la obra de Helánico de Lesbos titulada Troika, que había sido compuesta en el siglo V a C. En esta obra, cuyo texto original no se ha conservado, Helánico recogía dos versiones de la huida de Eneas. En una de ellas, el héroe troyano se refugiaba en una zona costera de Tracia donde habría fundado la ciudad de Enea, la cual existió realmente y acuñó monedas del siglo VI a C con la imagen de Eneas huyendo de Troya. En la otra versión, Eneas viajaba hasta Italia en compañía del griego Ulises, a pesar de que éste había sido uno de sus oponentes en la Guerra de Troya.

Los relatos más conocidos del exilio de Eneas se escribieron en la época del primer emperador de Roma, Octavio Augusto, y sus autores fueron el citado Dionisio de Halicarnaso y el poeta latino Virgilio. Este último cuenta en la Eneida que el famoso héroe troyano se embarcó junto con sus seguidores en el puerto de Antandros y que hizo un largo viaje por el Mediterráneo hasta llegar a las costas de Sicilia e Italia, donde los exiliados troyanos fundaron algunos asentamientos. Tras casarse con la hija del rey Latino, llamada Lavinia, Eneas estableció su nuevo hogar en la región costera de Laurentum y allí fundó la ciudad llamada Lavinium, en honor a su nueva esposa. Posteriormente el hijo de Eneas, Ascanio, fundó en el interior del Lacio la ciudad de Alba Longa, pero 400 años después, los descendientes de Eneas y Lavinia edificaron otra ciudad más importante llamada Roma, de modo que los romanos descenderían de una mezcla étnica entre los latinos y los troyanos.

La versión relatada por Virgilio y Dionisio no resulta creíble desde el punto de vista histórico. Si bien la zona costera de Lavinium (la actual Pratica di Mare) ya había estado habitada a finales de la Edad de Bronce, allí no hubo una verdadera ciudad hasta el siglo VII a C. Anteriormente sólo debía de existir un puerto o fondeadero natural, junto a la desembocadura del río Numicio, que habría sido utilizado habitualmente por los pescadores y los navegantes que practicaban el comercio en el mar Tirreno. Además de esto, ya sabemos que la tribu indoeuropea de los latinos no ocupó el Lacio hasta el siglo X a C, con un primer asentamiento en la región de los montes Albanos.

No obstante, Virgilio también relató que otro grupo de troyanos se había establecido en Sicilia, en unas colonias fundadas por los héroes Elimo y Acestes, y esto tiene una mayor verosimilitud. Ya sabemos que la cultura siciliana de Pantalica, que se inició alrededor de 1200 a C, presenta ciertas similitudes con otras culturas anatólicas más antiguas (en lo que respecta a la cerámica y a las formas de enterramiento) así como con la cultura de los filisteos que surgió en esa misma época en Palestina. También se ha señalado anteriormente que el tipo de vasijas anatólicas conocidas como schnabelkannen, que ya se habían empezado a utilizar en Troya en el III milenio a C, se fabricaron en Cerdeña desde finales de la Edad de Bronce, y otros ejemplos de estas vasijas han sido hallados en Sicilia y Toscana. Además de estos datos, se sabe por algunas inscripciones que la lengua de los elimios de Sicilia, supuestos descendientes del troyano Elimo (hermanastro de Eneas), utilizaba un sufijo -zie en los nombres gentilicios que también se puede encontrar en la lengua etrusca. Por ello el término etrusco Karthazie significa “de los cartagineses” y el elimio Segestazie significa “de los segestanos”. Análogamente el término Sppartazi significa “espartanos” en la lengua licia de Anatolia. Por otra parte, el nombre de Elimo se asemeja bastante al de Walmu, rey de Troya mencionado en una tablilla hitita de la Edad de Bronce. Es muy posible, por tanto, que los troyanos también hubiesen participado en esa primera oleada de inmigrantes egeo-anatolios que se asentó inicialmente en las islas de Sicilia y Cerdeña, y al igual que ocurrió con los protoetruscos, tampoco ellos se debieron de establecer en Italia hasta la Edad de Hierro. Esto explicaría que, en el relato de Virgilio, Eneas se haya coaligado con los etruscos dirigidos por el mítico Tarcón para luchar contra otros pueblos de la Italia continental. Un acontecimiento como éste podría haberse producido entre los siglos VIII y VII a C, cuando los etruscos obtuvieron el dominio de la Toscana, pero no antes. Así pues, las narraciones de Dionisio y Virgilio parecen haber situado en una misma época, el siglo XII a C, unos hechos que debieron de desarrollarse en un largo periodo de 500 años.

De hecho, la verdadera fundación de Lavinium en las costa del Lacio sí que encaja con el periodo que corresponde a la tercera fase de la inmigración anatólica en el Mediterráneo central, cuando la Tróade y otras regiones de Anatolia occidental fueron invadidas por los jinetes cimerios y tracios. El puerto troyano de Antandros, “ciudad de los pelasgos” según Herodoto, fue tomado por la tribu tracia de los edonios, de acuerdo con otro relato transmitido por Esteban de Bizancio, y es justamente en Antandros donde Virgilio situó el embarque de Eneas y sus seguidores. Quizás el legendario Eneas, superviviente de la Guerra de Troya, se había convertido para los troyanos en un héroe protector de los exiliados, y lo que se trasladó posteriormente a la costa italiana del Tirreno fue su culto.

Ahora bien, no sólo los latinos rindieron culto a Eneas, sino que también lo hicieron los etruscos. Se conservan vasijas etruscas de los siglos VI y V a C que están decoradas con escenas de la leyenda de Eneas, así como otros vasos griegos con representaciones semejantes que fueron exportados a Etruria; y también se conocen estatuas etruscas de Eneas, cargando con su anciano padre Anquises, que datan de mediados del siglo V a C. En Lavinium se encontró un túmulo del siglo IV a C que está conectado con una tumba más antigua, de la primera mitad del siglo VII a C, en la cual había unos pocos fragmentos de huesos, vasijas etruscas de estilo bucchero y los restos de un carro. Algunos investigadores identifican este túmulo con el que mencionó Dionisio de Halicarnaso en sus “Antigüedades Romanas” (I, 64), en el cual se creía que estaba enterrado Eneas. Es posible, en cualquier caso, que la tumba perteneciese realmente al fundador de Lavinium y que éste fuese un caudillo protoetrusco de los que habían llegado a las costas del Tirreno en la Edad del Hierro, tal vez de origen troyano o descendiente de troyanos. Este mismo personaje podría haber establecido en el Lacio el culto a Eneas, un héroe mucho más antiguo que había sobrevivido a la destrucción de Troya del año 1200 a C. De hecho, el culto a Eneas en Lavinium se ha documentado mediante una inscripción encontrada a 8 km de la ciudad, que data de 300 a C y está dedicada a Lare Aineia, es decir, a Eneas como protector de los hogares de Lavinium.

Por otra parte, la legendaria migración de los troyanos al Lacio podría interpretarse como un trasunto de la propia presencia de los etruscos en esta región. La ciudad de Praeneste, que actualmente se llama Palestrina, se encuentra a 40 km de Roma y fue una ciudad poblada por los etruscos en el siglo VII a C. Por ello algunas de las tumbas etruscas más ostentosas fueron halladas en Praeneste. La presencia de etruscos es igualmente probable en Politorium (la actual Castel di Decima, a sólo 18 km de Roma) donde se hallaron más tumbas y una posible representación en bronce de Anquises y Afrodita, los míticos padres de Eneas, la cual ha sido datada alrededor de 700 a C. Tampoco hay que olvidar que Roma fue gobernada entre los años 616 y 509 a C por una dinastía de reyes que procedía de Tarquinia.

La relación entre la posible presencia troyana en Italia y el origen de la civilización etrusca se hace más evidente en el relato que escribió Licofrón de Calcis, un autor griego de principios del siglo III a C, en su poema Alexandra. Según Licofrón, Eneas se desplazó hasta la región costera que ocuparon los tirrenos o etruscos y allí se unió a los hermanos Tarcón y Tirreno, que para Licofrón eran hijos del rey Télefo de Misia, contemporáneo y vecino del rey Príamo de Troya. Plutarco relata, además, que Eneas se casó con una hermana de estos dos gobernantes cuyo nombre era Roma, pero otro autor llamado Alcimo de Sicilia creía que el nombre de la nueva esposa de Eneas era Tirrenia.

Se sabe, por otro lado, que los etruscos practicaban un juego de lucha ecuestre al que denominaban Truia, también conocido entre los latinos como lusus Troiae o “juego de Troya”, y Virgilio indica en la Eneida que este tipo de juego fue llevado a Italia por los refugiados troyanos. Otra información de gran interés nos la proporciona una inscripción hallada en Túnez que fue escrita por unos colonizadores de origen etrusco poco antes del año 80 a C, una época en que Etruria era un territorio gobernado por los romanos. El autor de esta inscripción dedicó las fronteras de la nueva colonia “de los dárdanos” a Tinia, que era uno de los principales dioses etruscos. El término exacto que se puede leer en la inscripción es el genitivo Tartanivm, pero los etruscos transcribían normalmente el sonido d como una t. Así pues, un grupo de etruscos del siglo I a C, llegados al norte de África desde Italia, se llamaban a sí mismos dárdanos, uno de los nombres que aplicaba Homero a los troyanos y que se relaciona con el estrecho de los Dardanelos, junto al cual se encontraba Troya.

Hay que señalar, por último, que las fuentes clásicas sitúan a otros legendarios héroes troyanos en diversas regiones del Mediterráneo central, además de los que ya se han mencionado. Resulta interesante que a Dárdano, el epónimo de los dárdanos de la Tróade, se le relaciona con Etruria, así como al troyano Córito. A Capis, otro héroe procedente de Troya, se le considera el fundador de Capua, ciudad que perteneció a los etruscos. Y al troyano Antenor se le relaciona con Padua y con la región del Véneto, situada muy cerca de la desembocadura del Po donde también llegaron a establecerse los etruscos.

En conclusión, los antiguos habitantes de la Tróade tuvieron que haber intervenido realmente en las oleadas migratorias que llegaron al Mediterráneo central entre los siglos XII y VII a C, al igual que lo hicieron sus vecinos de Misia, Lidia y Lemnos. En base a las antiguas inscripciones egipcias que citaban a los Pueblos del Mar, podemos identificar a los desplazados como los teresh, sherden, shekelesh y tjeker, pueblos de Anatolia occidental que estaban acostumbrados a coaligarse para llevar a cabo sus expediciones marítimas. De este modo, la leyenda de Eneas sería un reflejo de las migraciones emprendidas por aquellos grupos de navegantes que originaron la civilización etrusca. Entre los refugiados que procedían de la Tróade pudo haber algunos que hablaban el luvita, una lengua indoeuropea emparentada con el hitita, así como otros grupos que hablarían la lengua no indoeuropea de los pelasgos, más relacionada con el etrusco. Lo que seguramente marcó la diferencia entre el desarrollo histórico del Lacio y el de Etruria fue que el asentamiento de inmigrantes egeo-anatolios resultó mucho más numeroso en Etruria que en el Lacio. En esta última región, que se extendía al sur del Tíber, los inmigrantes debieron de ser finalmente asimilados por la tribu indoeuropea de los latinos, mientras que en las tierras situadas al norte tuvo que haber ocurrido lo contrario, al ser los umbros indoeuropeos los que seguramente se sometieron al dominio de los navegantes egeo-anatolios.

LOS PELASGOS EN EL MAR ADRIÁTICO

Otra cuestión de gran interés es la posible relación de los etruscos con un grupo de pelasgos que no procedían de Anatolia o de Lemnos, sino que tenían su origen en el norte de Grecia, y que también se establecieron en Italia. Al igual que las primeras leyendas relativas al exilio del troyano Eneas, este relato fue originalmente narrado por Helánico de Lesbos y retomado por Dionisio en sus “Antigüedades Romanas” (I, 17-20 y I, 28).

De acuerdo con los textos citados, unos pelasgos que vivían en Tesalia y Epiro, regiones del norte de Grecia, se embarcaron en la costa del mar Jónico y navegaron hasta la desembocadura del río Spines, situada en la misma zona del noreste de Italia donde desemboca el Po. Allí fundaron una colonia llamada Spina que prosperó durante un tiempo, hasta que otros pueblos hostiles los obligaron a desplazarse hacia el sur. Después de cruzar las montañas llegaron al territorio de los umbros (es decir, a la región de Toscana que se extiende al suroeste de los Apeninos) y se aliaron entonces con los aborígenes de Italia para luchar contra los umbros, logrando conquistar así la ciudad de Cortona (llamada “Crotona” por Dionisio) que convirtieron en una fortaleza desde la cual se expandieron por el resto de la región. No obstante, los pelasgos fueron posteriormente desposeídos de estos territorios por los tirrenos.

Con respecto a este relato hay que decir, en primer lugar, que la presencia en el norte de Grecia de algunos grupos pertenecientes a la población prehelénica de los pelasgos está atestiguada por otras fuentes. Seguramente fueron los pelasgos los que habían desarrollado en Tesalia la antigua cultura de Dímini, que data de 3000 a C. En la costa del Epiro existió, además, un puerto que se llamaba Palaeste (el actual Palase), cuyo nombre se asemeja mucho al de los pelasgos. Durante el II milenio a C, la mayoría de los pelasgos debieron de ser asimilados por las tribus helénicas de origen indoeuropeo, pero algunos grupos pudieron haber conservado su identidad cultural en un mayor o menor grado. Estos grupos de pelasgos estaban emparentados étnica y lingüísticamente con los pelasgos de Lemnos, Lesbos y Anatolia occidental, que sin duda intervinieron en la formación del pueblo etrusco.

Se sabe, por otra parte, que la zona donde desemboca el río Po fue frecuentada por unos navegantes procedentes de Grecia en la primera mitad del siglo XII a C, ya que cuatro yacimientos arqueológicos de esa zona (Montagnana, Fabbrica dei Soci, Fondo Paviani y Frattesina) han proporcionado restos de cerámica micénica que corresponden a dicho periodo. En el relato recogido por Dionisio de Halicarnaso se cuenta también que los pelasgos establecidos en Spina alcanzaron mayor prosperidad que cualquier otro pueblo griego del mar Jónico ya que tenían una gran experiencia como navegantes, y que ellos fueron los que enviaron las mejores ofrendas al templo de Apolo en Delfos. Dionisio se refería seguramente al ámbar, que llegaba hasta el golfo Adriático desde las costas del Báltico en una red de intercambios que recorría Europa de norte a sur. De este modo, los pelasgos del noroeste de Grecia pudieron haber obtenido el control de la ruta de navegación de los mares Jónico y Adriático a finales de la Edad de Bronce, y debieron de establecer en la desembocadura del Spines una factoría comercial permanente en la cual intercambiaban cerámica de estilo micénico por el preciado ámbar.

De acuerdo con otra antigua tradición, la ciudad de Adria o Atria que se encontraba muy cerca de la desembocadura del Po fue fundada por un pelasgo llamado Atri. En el relato de Helánico y Dionisio no se menciona a Atri pero se hace referencia a un rey pelasgo llamado Nanas, hijo de Teutámides, cuyo nombre es similar al de la mítica Nana, abuela del lidio Tirreno según algunos autores clásicos.

Respecto a la segunda fase de esa legendaria migración a Italia de los pelasgos, es posible que los pelasgos perdiesen el beneficioso control de la región de Spina y Adria por la hostilidad de otras tribus indoeuropeas que se asentaron en esa misma zona, y se desplazasen entonces hacia el interior de Italia. La ciudad de Cortona, en la que según Helánico se establecieron los inmigrantes pelasgos, se situaba en las fronteras orientales de Toscana, no lejos de los montes Apeninos, pero otra tradición indica que esta ciudad fue una de las muchas que fundó Tarcón, el mismo héroe mítico que había dado su nombre a Tarquinia. En cualquier caso, la ciudad de Cortona terminó siendo anexionada por los etruscos, en una época que no debe de ser posterior al siglo VII a C. Los etruscos cruzaron después los Apeninos y se expandieron hacia el norte hasta alcanzar el golfo Adriático, obteniendo así el control del valle del Po. De este modo, Adria y Spina se convirtieron a su vez en ciudades etruscas.

Ahora bien, Dionisio de Halicarnaso transcribió erróneamente el nombre de Cortona como Crotona, quizás porque hubo otra ciudad de Italia que se llamaba así, aunque ésta se encontraba mucho más al sur y era una colonia griega. Además de este error, Dionisio interpretó de forma equivocada (en Ant. Rom. I, 29) un texto de Herodoto (Hist. I, 57) que se refería a la ciudad de Crestona, situada en la región tracia de Calcídice y poblada por los pelasgos del Egeo. Como Herodoto afirmaba que los habitantes de Crestona hablaban la lengua de los pelasgos y que esta lengua era muy diferente a las de otros pueblos vecinos, entre los que había un grupo de tirrenos, Dionisio parece haber entendido que Herodoto se refería a los pelasgos de Cortona (para él Crotona) y a los tirrenos de Etruria. Dedujo entonces que los antiguos pelasgos, originarios del Egeo, no habían hablado la misma lengua que los tirrenos o etruscos, y ésta fue una de las razones por las que él situaba el origen de los etruscos en la propia Italia. Ahora bien, en otro texto de Tucídides (IV, 109) que también data del siglo V a C, se dice que la península de Calcídice estuvo habitada por otros pueblos además de los pelasgos y tirrenos, y estos pueblos eran los griegos calcidios y las tribus tracias de los bisaltas y los edonios. Por ello los vecinos de la ciudad de Crestona, cuyas lenguas eran tan diferentes a la que hablaban los pelasgos, podrían ser tracios o griegos, pues sabemos que estos dos pueblos hablaban lenguas indoeuropeas. Por otra parte, Tucídides indica que los pelasgos y tirrenos de Calcídice estaban emparentados étnicamente con los habitantes de Lemnos, los cuales hablaban una lengua muy parecida al etrusco. Hoy se sabe, además, que quienes habitaban la ciudad italiana de Cortona en el siglo V a C, dejaron inscripciones en la misma lengua que hablaban los etruscos, lo cual desautoriza definitivamente la errónea interpretación de Dionisio de Halicarnaso.

Volviendo al relato original de Helánico de Lesbos, sobre el asentamiento de unos pelasgos procedentes de Grecia en Italia, se puede concluir que esta leyenda también puede tener cierta base histórica. Si bien algunos pasajes de la narración parecen datar aquellas migraciones en una época anterior a la Guerra de Troya (es decir, antes de la crisis de 1200 a C), las referencias a una presencia de los umbros en Italia situarían estos acontecimientos en fechas posteriores, que concuerdan con los hallazgos de cerámica micénica del siglo XII a C en el bajo Po. Es perfectamente posible que los pelasgos epirotas que controlaban el comercio del ámbar en la Edad de Bronce hubiesen establecido algunos pequeños asentamientos en la costa del Adriático, y que desde estos enclaves llegase el ámbar hasta la Toscana e incluso hasta Cerdeña, ya que en esta isla también se han encontrado muestras de ámbar datadas en el siglo X a C. La posterior expansión de los etruscos desde la costa del Tirreno hasta el valle del Po podría haber causado la asimilación de los colonos pelasgos, o de sus descendientes. Éstos debían de hablar una lengua muy similar al etrusco y podrían haberse unido a los recién llegados, que eran sus antiguos parientes étnicos, para poblar las regiones que se extendían al este y al norte de Etruria, incluida la zona de Cortona que anteriormente había estado dominada por los umbros.

El acontecimiento narrado originalmente por Helánico de Lesbos, que debía de proceder de una antigua tradición oral, constituiría así otro de los episodios del largo proceso que dio origen a la civilización etrusca en Italia, la cual incorporaría finalmente cuatro sustratos de población: los habitantes autóctonos de Italia, los umbros de origen indoeuropeo, los pelasgos que procedían del noroeste de Grecia, y el gran conjunto de inmigrantes egeo-anatolios que se desplazaron desde Lidia, Misia, Tróade, Lemnos y Lesbos, entre los cuales habría también muchos pelasgos. Este último grupo fue sin duda el elemento étnico predominante y el que más influyó en la cultura etrusca.

RELACIONES CULTURALES Y LINGÜÍSTICAS

Se puede identificar el origen de diversos elementos de la cultura y lengua etruscas en el mundo egeo-anatolio. La acumulación de estas concordancias contribuye notablemente a demostrar que los etruscos descendían de otros pueblos que habían vivido anteriormente en la cuenca del mar Egeo. Veamos, pues, cuáles son las conexiones más relevantes:

1. Ya se ha comentado anteriormente que el nombre de la ciudad de Tarquinia (Tarchuna en la versión etrusca) y el de su mítico fundador Tarcón o Tarconte proceden sin duda del teónimo anatólico Tarkhuna o Tarkhunta. Fuentes hititas de la Edad de Bronce mencionan, además, a dos monarcas de un territorio del noroeste de Anatolia que se llamaban Tarkhuna-Radu y Manapa-Tarkhunta, así como otra región de la península anatólica cuyo nombre era Tarkhuntassa. Todas estas denominaciones han de estar relacionadas, además, con el término etrusco tarchie que significa “tomar” y con el hitita tarh que significa “conquistar”, de modo que el nombre de Tarkhuna o Tarcón suele traducirse como “conquistador”.

2. Según el poeta Virgilio, el troyano Eneas tuvo un encuentro en la región de Campania, junto al lago Averno, con una sibila. En otras fuentes latinas se cuenta que los oráculos transmitidos por las sacerdotisas llamadas sibilas fueron recopilados en los Libros Sibilinos, uno de los cuales fue adquirido por un rey de Roma que pertenecía a la dinastía etrusca de los Tarquinos y fue conservado durante mucho tiempo por los romanos. Ahora bien, el nombre por el que fueron conocidas estas famosas adivinas coincide con el de una legendaria hija de Dárdano, llamada Sibila, y las fuentes clásicas hacen referencia a otras dos famosas sibilas de Anatolia occidental, una de las cuales residía en Marpeso, localidad de la Tróade, y otra en la ciudad lidia de Eritras. Respecto a la sibila de Campania, ya sabemos que los etruscos ocuparon en esa región la ciudad de Capua, cuyo nombre se relaciona a su vez con el del troyano Capis. Todo parece indicar que el culto a las sibilas era de origen egeo-anatólico, y también se ha observado la semejanza que había entre los sistemas de adivinación etruscos y los que se utilizaban en otras regiones de Asia.

3. Hay otra leyenda etrusca, transmitida por los romanos Ovidio y Cicerón y protagonizada por un niño llamado Tages, el cual también predecía el futuro y enseñó a los etruscos el arte de la adivinación. De acuerdo con este relato, Tages nació de un surco abierto en la tierra por un agricultor, en Tarquinia, y tenía serpientes en lugar de piernas. La idea de que un hombre pudiera brotar de la tierra y que sus piernas fueran serpientes debe de ser de origen pelasgo, y seguramente está relacionada con el culto neolítico a la Madre Tierra. En la mitología griega, encontramos otro patriarca mítico de Arcadia llamado Pelasgo que también nació de la tierra, y lo mismo se decía de los más antiguos antepasados de los tebanos, conocidos como los “hombres sembrados”. Si nos trasladamos a la región griega de Ática, donde se construyó la ciudad de Atenas, observamos que sus más antiguos habitantes también eran pelasgos, y por ello los atenienses rindieron culto a otro mítico héroe nacido de la tierra que se llamaba Erictonio, cuyo cuerpo terminaba en una cola de serpiente. Erictonio figura igualmente en el linaje de los primeros reyes de la Tróade, una región en la que todavía pervivían algunos grupos de pelasgos a principios de la Edad de Hierro.

4. Los etruscos veneraban al dios Apolo como Aplu o Apulu. Este dios helénico también fue incluido en el panteón romano pero había sido, anteriormente, un dios protector de la ciudad asiática de Troya. En una tablilla hitita de la Edad de Bronce se menciona al dios Apaliunas de Ilios o Troya, que varios especialistas han identificado con Apolo. En las tablillas micénicas de esa misma época, en cambio, el culto a Apolo no está atestiguado, al menos con esa denominación. También adoraron los etruscos a la diosa Ártemis, hermana de Apolo, a la que llamaban Aritimi. Aunque se ha supuesto que el culto a estos dioses llegó a Etruria por la influencia cultural de los colonos griegos del sur de Italia, no se puede descartar que hubiesen formado parte del propio panteón de los etruscos.

5. El dios etrusco Charun tiene un nombre muy similar al de Kharon o Caronte, el barquero de la mitología griega que conducía las almas de los muertos a través del Estigia. El etrusco Charun era a su vez un portero de las regiones infernales.

6. La ciudad de Atria o Adria, que dio nombre al mar Adriático, estaba situada al noreste de Italia, cerca de la desembocadura del río Po. Según los historiadores romanos, fue uno de los asentamientos que los etruscos establecieron en esa región durante el siglo VI a. C., si bien la ciudad fue posteriormente ocupada por colonos griegos y sículos enviados por Dionisio de Siracusa. De acuerdo con una antigua leyenda, su fundador había sido un héroe pelasgo llamado Atri, y se puede observar la similitud de este nombre, así como el de Atria o Adria, con el antropónimo griego Atreo y con el topónimo anatolio Atriya. Este último fue mencionado en una tablilla hitita de la Edad de Bronce como un lugar situado al oeste de Anatolia. Por otra parte, el término etrusco athre o atri significa “construcción”, y el atrium de las casas romanas es un elemento arquitectónico de origen etrusco. También se puede relacionar Atria o Adria con el nombre del golfo de Edremit o Atramiteo, situado entre Misia y la Tróade, y con la propia denominación de etruscos o etrusci que utilizaron los romanos.

7. Además de Adria, Capua y Tarquinia hubo muchas otras ciudades etruscas cuyos nombres se relacionan claramente con topónimos y antropónimos del Egeo. Podemos citar las ciudades de Mantua, Pisa, Parma, Córito, Pyrgi, Troilum, Placentia, Telamón y Cortona. Esta última era conocida como Curtun por los etruscos y Gortina por los griegos, un nombre semejante a los de la ciudad cretense de Gortina, la localidad tesalia de Girtone y la ciudad anatólica de Gordion, así como al término hitita gurta, que significa “ciudadela”. Por otra parte, el nombre de la ciudad etrusca de Tuscania, del que deriva Toscana, está relacionado con el término tusci por el que también fueron conocidos los etruscos en las fuentes latinas y con el término griego thyoskóoi que se aplicaba a los sacerdotes que realizaban sacrificios, de acuerdo con la interpretación de Dionisio de Halicarnaso.

8. Los etruscos o tirrenos se llamaban a sí mismos rasna, nombre que según Dionisio de Halicarnaso derivaba del de uno de sus antiguos dirigentes. Como el sufijo etrusco -na se utilizaba para referirse a la familia o descendencia de una persona, se puede suponer que el nombre original de ese personaje había sido Ras o Rasu y por ello se le puede relacionar con el antropónimo tracio Reso. La etimología de este nombre debe de ser “cortador” o “rompedor”, ya que el término griego resso significa “romper” y éste deriva a su vez de la raíz indoeuropea rei que significa “cortar”, “raer” o “rasgar”. También se documenta el antropónimo etrusco Rasce, muy parecido a Rasu. Así pues, es muy posible que hubiera existido realmente un dirigente protoetrusco llamado Rasu, que por tener un nombre indoeuropeo pudo haber sido de origen lidio o misio. Este personaje debió de tener un papel importante en alguna de las tres fases de formación del pueblo etrusco, con mayor probabilidad en la segunda o la tercera.

9. Se documenta una familia etrusca llamada Lemni, un nombre prácticamente idéntico al de la isla de Lemnos, de la cual tuvieron que partir algunos de los emigrantes que dieron origen al pueblo etrusco, como ya sabemos.

10. Los términos etruscos mani y ma, que significan “grandeza”, pueden estar relacionados con el nombre del legendario Manes. De acuerdo con una genealogía mítica registrada por Herodoto, Manes era el abuelo de Tirreno y Lido. Este personaje parece ser un epónimo de los maiones, que es uno de los nombres por el que también fueron conocidos los lidios y los misios de Anatolia occidental, el cual se puede traducir por tanto como “los grandes”. El propio nombre de la región de Misia, que los antiguos hititas llamaban Masa, debe de tener como raíz la palabra ma.

11. En la lengua etrusca, “padre” se dice apa, un término de origen oriental o asiático que se relaciona claramente con los semíticos appa y abu, cuyo significado también es “padre”. El término latino avus del que deriva el castellano “abuelo” debe de haber sido un préstamo de la lengua etrusca. El origen de esta palabra ha de situarse en un sustrato lingüístico muy antiguo del Mediterráneo oriental. De acuerdo con la mitología griega, uno de los primeros reyes de la ciudad griega de Argos se llamaba Apis, cuyo nombre puede estar igualmente relacionado con el término apa.

12. Otro interesante término de la lengua etrusca es ati, que significa “madre”, ya que también encontramos en la mitología griega a una mujer llamada Atis que dio origen al nombre de la región de Ática. Quizás el nombre de la diosa griega Atenea, que figura en las tablillas micénicas como Atana, y el de la ciudad de Atenas deriven a su vez de ati o “madre”, si es que éste es un término de origen pelasgo.

13. En la lengua etrusca, titi debe de significar “bondad”, un término que sin duda está relacionado con los antropónimos etruscos Tite y Titia y con el latino Titus, derivado del etrusco Tite. Ahora bien, la diosa griega de la tierra, llamada Gea, fue también conocida como Titea y sus hijos eran los Titanes, quienes probablemente habían sido los antiguos dioses prehelénicos que, según la mitología griega, fueron derrotados por Zeus. Otro legendario personaje llamado Titono era hermano del rey Príamo de Troya.

14. Los troyanos de Anatolia también fueron llamados teucros en las fuentes clásicas y tjeker en los registros egipcios, y se documentan los antropónimos etruscos Teucer, Thucer y Tocro, que se asemejan mucho a esa denominación.

15. El antropónimo Plecu y el topónimo Placentia, que proceden de la lengua etrusca, deben de estar relacionados con el nombre de la ciudad anatólica de Placia, que según Herodoto se encontraba al este de la Tróade y estuvo poblada por los pelasgos, y también con el nombre del monte Placo de Misia.

16. El término etrusco pulum, que significa “brillante”, y el término pulumchva, que significa “estrellas” son muy parecidos al griego polos que se utilizaba para referirse a la estrella polar.

Además de todas las relaciones culturales que aquí se han enumerado, J. Magness recoge en un interesante artículo las semejanzas que existen entre muchos elementos de la cultura material de los etruscos y otros elementos pertenecientes a diversas culturas asiáticas, incluidas las anatólicas, algunos de los cuales no podrían explicarse por una simple influencia cultural de los mercaderes fenicios y griegos, como se ha pretendido, sino por el asentamiento de inmigrantes asiáticos en Italia.

ADDENDUM

En el Libro III de la Eneida el poeta latino Virgilio, originario de la provincia etrusca de Mantua, afirmaba que los troyanos desplazados a Italia bajo la dirección de Eneas estaban emprendiendo, en realidad, un viaje de retorno a la antigua tierra de sus antepasados. Según Virgilio, el legendario patriarca de los troyanos, llamado Dárdano, era originario de Italia. La mitología griega indica, por el contrario, que Dárdano era un hijo de Zeus nacido en Arcadia, donde vivió durante un tiempo junto a Crisa, su primera esposa, quien era hija del arcadio Palas. A consecuencia de un gran diluvio que tuvo lugar en esta región de Grecia, Dárdano se desplazó hasta la isla de Samotracia y después pasó a la Tróade, donde otro mítico personaje llamado Teucro lo recibió amistosamente y le dio a su hija Batiea como nueva esposa. De aquella unión nacería el pueblo de los troyanos, también conocidos como dárdanos y teucros.

Podemos ver en este relato el importante componente pelasgo de la población prehistórica de Troya (ciudad que ya existía en 3000 a C) puesto que se relaciona a Dárdano con Arcadia y Samotracia, dos territorios que según la tradición griega fueron habitados por los pelasgos, y también se le relaciona con un personaje llamado Palas, cuyo nombre se asemeja mucho al de ese pueblo. Seguramente los primeros habitantes de la Tróade, teucros y dárdanos, eran asimismo de origen pelasgo, de modo que esta región no debió de ser ocupada por una población indoeuropea hasta los inicios del II milenio a C, la cual se mezclaría a su vez con sus anteriores habitantes. Así pues, la intención de Virgilio de trasladar el origen de Dárdano desde el mar Egeo hasta el mar Tirreno tenía sin duda un carácter nacionalista y resulta inverosímil en la actualidad, cuando ya se sabe que la cultura troyana surgió durante el periodo Calcolítico, una época en la que unos supuestos inmigrantes procedentes de Italia no podrían haber introducido en Anatolia una cultura tan avanzada como la de Troya.

Recientemente, el especialista italiano A. Palmucci ha retomado la antigua idea del regreso para explicar el inicio de la civilización etrusca, de carácter orientalizante, sin contradecir los modernos estudios genéticos y sin renunciar por ello a la autoctonía originaria del pueblo etrusco, que resulta tan atrayente en Italia. Palmucci se basa en el citado texto de Virgilio y en las referencias que hizo Dionisio de Halicarnaso a la obra de otro autor griego del siglo III a C, llamado Mirsilo de Lesbos, que no se ha conservado. Al parecer, Mirsilo relató cómo los tirrenos también llamados pelasgos, que según él ocupaban la región italiana de Etruria dos generaciones antes de la Guerra de Troya, sufrieron una serie de calamidades que les forzaron a abandonar finalmente esa región para emigrar a Grecia y a otras tierras extranjeras. Palmucci deduce entonces que los tirrenos pelasgos eran originarios de Italia y que se trasladaron al Egeo a finales de la Edad de Bronce (la misma época en que él sitúa la llegada de Dárdano a la Tróade) y también concluye que una parte de esos tirrenos, acompañados de otros grupos anatolios, regresó a su antigua patria en la Edad de Hierro para formar el pueblo etrusco, llevando con ellos las costumbres y conocimientos que habrían adquirido en el este.

La primera objeción que se le puede hacer a esta teoría es que no se ha localizado en el oeste de Anatolia una cultura material de los siglos XIII a VIII a C que se pueda relacionar claramente con Italia. Por el contrario, los elementos foráneos que surgen entonces en esa zona proceden de los Balcanes, causados por el asentamiento de los frigios, o bien de Grecia por la llegada de colonos helénicos. Además de esto, el propio Virgilio se refiere a los etruscos como “la nación lidia” en el Libro X de la Eneida. Por ello resulta paradójico que después de tantos años en que los defensores de la autoctonía etrusca rechazaron la llegada de inmigrantes anatólicos a Toscana por falta de pruebas, a pesar de los importantes indicios que se conocían, el contundente resultado de los estudios genéticos haya provocado finalmente la aparición de una nueva teoría en la que no sólo se acepta de forma inevitable esa migración desde el Egeo hasta Italia, sino que también se presupone otra migración anterior desde Italia hacia el Egeo, la cual es mucho menos plausible. Se ha pasado así del rechazo a una migración a la hipótesis de dos migraciones, una de ida y otra de vuelta, para tratar de mantener la idea de un pueblo etrusco originario de Italia.

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Nota: El copyright del artículo “Tarcón y Eneas: El origen de los etruscos” pertenece a Carlos J. Moreu. El permiso para volver a publicar esta obra en forma impresa o en Internet ha de estar garantizado por el autor.